Defensa para España

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© UNCCD

Carlos Marchena, el futbolista español que actualmente juega para el CF Villarreal  y para España como defensa central, ha ganado casi todos los honores que puede ofrecer el fútbol: la Copa Mundial FIFA U20 (1999), una medalla de plata en los Juegos Olímpicos de 2000, la Liga Española (2001-02 y 2003-04), la Copa del Rey (2007-08), la Copa UEFA (2003-04) y la Super Copa (2004), todos con el CF Valencia, así como el Campeonato de Fútbol Europeo UEFA (2008) y la Copa Mundial FIFA (2010) para España. A fines de 2010 jugó su partido internacional cincuentenario invicto consecutivo — un récord. Con anterioridad este año, también fue nombrado Embajador de las Tierras Secas de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (UNCCD). TUNZA se encontró con Carlos para una entrevista entre sus numerosos compromisos internacionales y su entrenamiento anterior al comienzo de la temporada.

TUNZA: Su éxito como futbolista es legendario, habiendo ganado casi todos los honores alrededor del mundo, en Europa y España. ¿También ha estado siempre interesado por el medio ambiente?

CM: Ser futbolista es una profesión muy dedicada, que no te permite mucho tiempo libre. Pero desde niño aprendí a apreciar la naturaleza y siempre me he interesado por sus ciclos y por el fino equilibrio que sostiene el medio ambiente.

TUNZA: Es usted de Andalucía, en el sur de España, y ha crecido cerca del Parque Nacional de Doñana. ¿Sus primeros años le dieron una afinidad con la naturaleza?

CM: Yo soy de Las Cabezas de San Juan, un pueblo cercano a Sevilla. España en general, pero Andalucía en particular, sufre los efectos de la desertificación. Una gran parte de la economía de Las Cabezas está sustentada por la agricultura del algodón, las legumbres y los cereales; sin ir más lejos, mi padre ha sido productor de algodón y trigo. En este sentido, los medios de vida de familias andaluzas como la mía están muy relacionados con el estado del suelo. Si el suelo se degrada, la economía de los cabeceños –como la de los habitantes de las tierras secas de todo el mundo– corre peligro. Y es un hecho que de un tiempo a esta parte, cada vez es menor el número de personas que se dedican a la agricultura.

TUNZA: La historia de Andalucía es una historia de importante producción agrícola gracias a una cuidadosa gestión del agua, iniciada por los moros. ¿Le ha dado esto un entendimiento particular de las tierras secas?

CM: Las tierras secas fueron mi escenario de niñez y juventud. Y fue un escenario precioso. Crecí con gente que trabaja la tierra o que vive o vivía de ella. Recuerdo problemas con las sequías y años de baja productividad. Hemos sufrido constantemente sequías y cortes de agua, sobre todo en verano; también recuerdo que venía un camión cisterna a repartir agua a las familias…

Sin embargo, a lo largo de los años he aprendido que las tierras secas no tienen por qué ser algo negativo. Dan lugar a bellísimos paisajes y climas agradables. Pero casi la mitad del territorio andaluz consiste de tierras de cultivo, y la conservación del suelo depende de su buena gestión. Muchas de las técnicas milenarias de gestión sostenible del suelo –como las diseñadas por los moros, que hoy en día se conocen como “conocimiento tradicional”– hacen posible que estas tierras y sus maravillosos ecosistemas se puedan disfrutar y trabajar de una manera sostenible, sin degradarlos.

TUNZA: ¿Podría decirnos algo sobre su preocupación por la desertificación?

CM: Mi profesión me ha permitido viajar a lo largo de todo el Globo y conocer sitios maravillosos, pero también realidades muy diferentes a las que había visto en mi niñez. Siempre me resultó muy chocante que la mayoría de los países que sufren de pobreza también sufren de desertificación. Luego aprendí que no era una casualidad — la mayoría de las poblaciones de tierras secas viven en países en desarrollo. También me di cuenta de que la dureza con la que la desertificación golpea a estas civilizaciones es mucho mayor que en España. Y eso que la desertificación es un problema gravísimo en España: el 35% del país está en significativo riesgo de desertificación. Y esta cifra asciende al 75% si se atiende a características climáticas. No obstante, existen técnicas de lucha contra la desertificación que ayudan a mitigar la pobreza de las personas que la sufren. Hoy en día tengo la firme convicción de que, todos juntos, podemos transformar nuestra preocupación en medidas concretas y revertir los procesos de la degradación.

TUNZA: ¿Piensa usted que la desertificación en realidad es una cuestión del cambio climático, o hay otros factores que han tenido una profunda influencia?

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© UNCCD

CM: Los efectos del cambio climático sobre las tierras secas son complejos y hay incertidumbre sobre su impacto. La desertificación es un fenómeno que implica la degradación de tierras en zonas secas y la escasez de agua. Por eso, la desertificación hace que la productividad de la tierra se resienta y, por lo tanto, que su capacidad para sustentar a las personas disminuya y la pobreza aumente. Esto lleva a la sobreexplotación de los recursos y a la migración forzada de parte de las poblaciones afectadas. Si bien es cierto que la desertificación responde a una suma de factores naturales (exacerbados por el cambio climático), también responde a factores humanos, como son los incendios forestales, las malas prácticas agrícolas, el éxodo rural o la explotación insostenible de los recursos hídricos.

Sin embargo, la relación que el cambio climático guarda con la desertificación no es sólo negativa, sino que el suelo puede actuar como una potente herramienta en la lucha contra el cambio climático. Y es que el suelo captura el 20% de las emisiones de dióxido de carbono producido por el ser humano. Sin embargo, la erosión de la tierra provoca la emisión de carbono a la atmósfera, del mismo modo que reduce su capacidad de secuestrar este carbono.

TUNZA: ¿Cree usted que la desertificación se convertirá en un gran problema para su tierra natal y sus habitantes?

CM: El desarrollo económico y la industrialización de España en la segunda mitad del siglo pasado han introducido cambios a una velocidad que no ha podido ser igualada por la del grado de adaptación del medio ambiente. Esto ha producido un estado de desequilibrio permanente. La lucha contra la desertificación necesita de una acción decidida de las administraciones públicas. Para que medidas como la alerta temprana, la vigilancia, etc. sean plenamente efectivas es necesario que el problema adquiera mayor importancia en la agenda mundial, por un lado, y en los sistemas de concienciación ciudadana, por otro, cooperando activamente con los usuarios directos de la tierra. Existe un largo camino ya recorrido, tanto a nivel institucional como científico, pero también queda una gran tarea aún por llevar a cabo. Concretamente, España juega un papel fundamental en la UNCCD, de la cual soy Embajador.

TUNZA: ¿Cómo podemos ayudar todos nosotros? ¿Tiene usted algún mensaje particular para nuestros lectores, los jóvenes del mundo?

CM: Creo que un buen comienzo es asumir que la desertificación es un problema grave y una manifestación de la gestión no sostenible de las tierras. Por lo tanto, el consumo responsable es una herramienta muy eficaz para inducir políticas de desarrollo sostenible. Una población concienciada con el importantísimo valor que tiene el suelo, que la sostiene y la alimenta, puede promover iniciativas sostenibles y preservar su suelo. Es importante que la gente sepa que preservar el suelo es preservar su futuro. Quiero creer que la opinión colectiva cala en aquéllos encargados de formular políticas. De hecho, sólo permaneciendo unidos y sensibilizados con la causa podemos revertir los procesos de desertificación.

La desertificación es un problema global que afecta a todos los países sin excepción. Los jóvenes del mundo no sólo tienen un vital papel que jugar, sino ellos son la clave del futuro.

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