De la depresión a la esperanza

© COPs

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Por Linh Do (Jóven Consejera Tunza para Asia y el Pacífico)

He participado en las dos grandes Conferencias de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático –en Copenhague y Cancún– en calidad de observadora, afiliada de un grupo de presión y activista en el Movimiento Juvenil Internacional para el Clima. Las dos experiencias han cambiado mi capacidad para la esperanza.

En 2009 fui a Copenhague lleno de anticipación. La Conferencia se había anunciado como “Hopenhagen” (“hope” significa “esperanza” en inglés) y todos, incluso yo mismo, está­bamos contagiados de optimismo. Yo no me hacía ilusiones res­pecto a la probabilidad de llegar a un tratado justo, ambicioso y jurí­dicamente vinculante en la reunión, pero estaba convencida, como muchos otros, de que era una auténtica posibilidad. Tenía fe en que los jefes de estado demostrarían la voluntad política necesaria para emprender medidas eficaces para tratar el asunto del cambio climático.

Estaba esperanzada hasta la noche final, pero desperté en un mundo sin un tratado sobre el clima. El resultado –el acuerdo de Copenhague, que establecía una meta de limitar el calentamiento de la Tierra a menos de 2°C por encima de la temperatura de los tiempos pre-industriales– no alcanzaba lo que hace falta para evitar las peores consecuencias del calentamiento de la Tierra, y dejaba a las naciones individuales la tarea de fijar sus propias metas. Esto no fue un fracaso del sistema de las Naciones Unidas, ni el resultado de un público equivocado en sus ideales. No: más vale parecía demostrar que muchos líderes políticos aún no estaban dispuestos a hacer frente al problema global del cambio climático.

De manera que estaba un poco indecisa en cuanto a ir a Cancún. La pregunta obvia –“¿Por qué molestarse siquiera?”–
me pasaba por la mente; pero enseguida venía una pregunta más fuerte: “¿Por qué no molestarme yo?” Determinada, me puse en camino, más dudosa y callada sobre lo que era posible y rodeada de los discursos negativos de los medios, que me habían dejado con un sentido de inquietud.

En las horas finales, a medida que el acuerdo se hacía más concreto y parecía que la mayoría de las naciones habían llegado a un consenso, no podía creer que en efecto era testiga del acuerdo sobre un texto que poco a poco dirigiría al mundo en la buena dirección. No estaba dispuesta a marcharme hasta a las tres de la mañana: ilógicamente, temía las consecuencias de una partida temprana. No deseaba ver un final como el de Copenhague. Pero a la mañana siguiente, leí que Cancún había sido un éxito.

El acuerdo de Cancún se basaba sobre los precedentes esta­blecidos en el acuerdo de Copenhague, solicitando a las naciones desarrolladas, entre otras cosas, proporcionar a los países en desarrollo mayor apoyo financiero para tecnologías verdes. Aún distaba de con mucho de ser un tratado justo, ambicioso y jurí­dicamente vinculante, pero el secreto del éxito residía en la forma colaborativa y transparente en la cual se había logrado el acuerdo. A diferencia del acuerdo de Copenhague, no había sido negociado por unas pocas naciones detrás de puertas cerradas.

Mucho queda por hacer para desarrollar este progreso. Todos los gobiernos deben implementar políticas domésticas para asegurar el respaldo político necesario en la próxima gran conferencia en Durban a fines de este año, y imprescindible para llevar al próximo nivel medidas relacionadas con el cambio climático. Uno de los focos de discusión será el futuro del Protocolo de Kioto, cuyas provisiones actuales expiran a fines de este año.

Me hace ilusión participar en Durban, pero más aún me ilusiona la Cumbre para la Tierra de Río+20 en 2012, seguimiento de la Cumbre para la Tierra de Río de 1992, que consolidó el desarrollo sostenible como un asunto político y firmó el primer tratado sobre el clima. Actualmente estoy trabajando con el Movimiento Internacional Juvenil para el Clima en una campaña-puente entre las dos conferencias.

Si no esperamos los mejores resultados posibles de estas conferencias, simplemente no se producirán. No vacilo ahora en afirmar que abrigo las mayores esperanzas de que los pequeños pasos emprendidos en Cancún llevarán a grandes resultados para el futuro.

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