¡Qué desperdicio!


Alrededor de un tercio de los alimentos producidos globalmente para consumo humano es desperdiciado o perdido — ¡la fenoménica cantidad de 1.300 millones de toneladas! En las naciones desarrolladas, los fabricantes y minoristas de alimentos desperdician grandes cantidades debido a prácticas y requerimientos poco eficientes, que ponen énfasis en la apariencia, y los consumidores tiran alimentos perfectamente comibles debido a compras excesivas, almacenamiento inapropiado, confusión debida al etiquetaje – particularmente en lo que concierne a las fechas de “consumir preferentemente antes del…” – y por preparar comidas demasiado grandes. Es un problema común: a través de Europa, Norteamérica y Oceanía cada consumidor desperdicia 95–115 kilos de alimentos perfectamente buenos cada año.

Pero también en los países en desarrollo se desperdician alimentos. Los consumidores mismos desperdician mucho menos – como promedio, apenas 6–11 kilos por persona por año –, pero un desperdicio mucho mayor ocurre entre el campo, los procesadores de alimentos y los puntos de venta, debido a falta de estructura, tecnología o coordinación.

Y no se trata solamente del despilfarro de calorías y nutrición. También es un desperdicio de la preciosa agua dulce necesaria para los cultivos: la agricultura da cuenta del 70% de nuestro uso de agua dulce. También es un desperdicio de los productos químicos utilizados para el control de pestes y la fertilización (sin mencionar cualesquiera efectos negativos que éstos pudieren ejercer sobre el mundo natural), un desperdicio del combustible usado para el transporte y la conservación en camino a nuestra mesa, y un desperdicio del trabajo de quienes producen y venden nuestros alimentos. Y sin olvidar que los alimentos descartados en los vertederos producen metano, un gas de invernadero muy potente, que contribuye al calentamiento de la Tierra.

Un nuevo protocolo

En una época en que la población humana está creciendo de manera exponencial y una tercera parte de la población del mundo se enfrenta diariamente con la inanición – de acuerdo a UNICEF, 2 millones de niños mueren de hambre todos los años –, ¿cómo podemos cuadrar la cantidad de alimentos que desperdiciamos con la necesidad de alimentar a los hambrientos?

“Si reducimos la pérdida y el desperdicio de alimentos a cero, nos daría alimentos adicionales suficientes para alimentar 2.000 millones de personas,” dice el Director General de la FAO José Graziano da Silva, que pide la publicación de un nuevo protocolo global para medir y reducir la pérdida y el desperdicio mundial de alimentos.

Pero la pregunta sigue en pie: ¿cómo podemos llevar los alimentos que actualmente se desperdician en el refrigerador y el campo a la boca de los que están pasando hambre?

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